18 febrero 2010

CUENTOS

Tengo pocas costumbres. De hecho, creo que casi ninguna.
Me propongo hacer diferente hasta lo más rutinario. No cojo todos los días el autobús en el mismo sitio, cada día me levanto a una hora, no sigo el mismo camino para ir a casa, no me gusta hacer los mismos planes, intento buscar algo nuevo en lo viejo...
Lo único que puedo considerar una costumbre, que tampoco lo es porque no lo hago todos los días, es contarle un cuento a mi hermana todas las noches.
Hay días que toca Caperucita Roja (su favorito), otros prefiere Los tres cerditos, pocas veces me pide que le cuente Hansel y Gretel, y alguna que otra me deja elegir a mí...
Y yo intento que se imagine mundos lejanos con cuentos poco comunes como El califa cigüeña, La dama y el león (mi favorito), El ruiseñor de la china, Rapunzel,... O me invento alguno si me creo con la mente despejada.
Me gusta ver cómo observa al techo sin mirar realmente nada, pensar en qué estará pensando, intentar imaginarme algo similar a lo que ella imagina, ver sus enormes ojos buscando algo que no existe,...
Me gusta evadirme con ella en los cuentos. Porque son éso: cuentos. Narraciones de historias inventadas, la imaginación buscando algo irreal...
Quizá por eso nos amargamos tanto, porque no vemos lo que realmente merece la pena. Porque nos hemos olvidado de creer en lo irreal, de hacer posible lo imposible, de buscar lo desorganizado e irracional en lugar de lo lógico y etiquetado. Nos hemos olvidado de creer en los cuentos.
Y quizá por eso, nuestro "érase una vez, hace mucho tiempo" no tenga un final "en el que seamos felices y comamos perdices".
Y colorín colorado, este cuento se ha acabado.

1 comentario:

  1. ay, que encantadora entrada querido :)
    como un hilo bordando solo, a tientas entre palabras, asi construye mi imaginacion tus cuentos, si los narras en voz alta.
    :)

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