07 septiembre 2010

TUS PIEDRAS

Se empieza por una.
Y, cuando quieres darte cuenta, te rodean. Te inhiben, te cohiben, te impiden, te pesan.
Piedra a piedra, vas creando una barrera cada vez más inquebrantable.
Seguro, cómodo, frío como un témpano de hielo. Sin sufrir por nada ni por nadie. Si no pueden llegar a mí, tampoco podrán herirme.

Y ¿qué pasa con los sentimientos? Te pierdes el dolor pero también la posibilidad de amar, de sentir, de querer. Sólo tengo las piedras.
Hay quien mira por los resquicios y descubre algo maravilloso en su interior. Entonces ha llegado el momento de poner algo de cemento por donde pueda entrar la luz. Porque me niego a que nadie llegue, porque no quiero tirar el trabajo de todo este tiempo por cualquier persona que se interese por mí. Estoy muy cómodo dentro de mi barrera y no pienso destruirla.
Alguien llama a las piedras. Hago que no oigo.
Alguien intenta trepar por la pared. Empujo una piedra y cae.
Alguien cava un agujero. Pues me ocupo de encerrarme en un cubo de piedras.
Pero un día querré salir. En algún momento, veré a alguien entre los huecos de mis paredes, entre las franjas de luz que atraviesan la celda que yo mismo me he construido y querré salir.
Entonces ¿qué? ¿Tendré entonces valor para destruirlo? ¿Podré tal vez salir de mi propia prisión?
Está en mis manos hacerlo. Sólo falta que también quiera hacerlo mi corazón.


Este texto es para ti. Para que abras los ojos y te decidas a arriesgar.
No te voy a mentir: sufrirás. Seguramente sufrirás. Pero también tienes un montón de oportunidades de ser feliz al destruir tu propia muralla. La decisión es sólo tuya.

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